Veinticinco años. (07-06-2006)

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Aquel 7 de junio de 1981 aún no se habían apagado los ecos del 23-F y, para colmo, era también triste actualidad la movida de la colza. Los mercados eran bajistas, y eso a pesar de que el mejor valor del mundo mundial ya daba sus primeras alegrías. Con precio ajustado, un título de ZOT de los que ayer cerraron a 25,24 costaba entonces algo menos de 7 céntimos de euro. Para que luego el largoplacismo en empresas ejemplares tenga detractores.

Un repaso a los paneles teleindicadores de aquellos días en el palacio de la Plaza de la Lealtad permitía comprobar que cotizaban los bancos Santander, Central, Hispano, Bilbao, Vizcaya, Popular y Exterior, por ejemplo, para que nos quejemos hoy de tanta fusión. También estaban 'separadas' Hidrola e Iberduero, del mismo modo que la actual Endesa se desgranaba en acaso media docena de compañías.

Se podían comprar acciones de Altos Hornos, de Aforasa (origen de la Gamesa de nuestros días) y, en fin, todo era mucho más artesano y rudimentario, pero uno podía estar en el parqué, los más avezados operaban directamente a través de los Agentes Oficiales de Cambio y Bolsa (así se llamaban) y existían los enteros, los medios duros, los cuartillos y hasta los octavillos...

Qué tiempos. Nuestra fisio era una mamá jovencísima y 'peligrosa' activista sindical en la sanidad catalana. El amigo Largo era un vividor de la palabra (entiéndase con cariño, porfa) y la mayoría de los asiduos de este foro no habían terminado la EGB. Eso por no citar a quienes no habían hecho la primera comunión y a quienes ni siquiera habían nacido.

Hacía justamente dos semanas (24-05-1981) se había disputado en París la final de la Copa de Europa. ¿Adivinan qué equipo resultó campeón? Exacto. Era la tercera del Liverpool, que ganó al Real Madrid de los Garcías con gol de Allan Kennedy.

Con todo, el suceso más trascendental para la Historia de la Humanidad de aquel 7 de junio tuvo lugar en un hospital de Moscú. El matrimonio que formaban Allah y Sergei fueron padres gozosamente. La criatura, a la que pondrían por nombre Anna, miró con desdén al ginecólogo que la trajo al mundo desde unos profundos ojillos verdes...

-- Señora, ha tenido usted una musa --bien pudo decir el médico.

Aquellos muslitos tan tiernos se hicieron fuertes poco a poco y tres lustros después correteaban con éxito por las canchas de tenis y bien pronto conquistaron para siempre el Grand Slam de las pasiones masculinas.

Felicidades para Anna y para todos. Ah, y disculpen mis nostalgias.

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