Vivir demasiado pendientes de los mercados tiene sus claroscuros, como todo en esta vida. Es obvio que estar todo el día pegado a la pantalla estresa bastante, para empezar. (Ahorraré chistes fáciles acerca del síndrome del túnel carpiano que sufrió chicha). Pero el distanciamiento absoluto también es poco aconsejable, porque los disgustos están a la orden del día.
Alguna vez hemos comentado en este foro que, de ordinario, ser largoplacista es más un imperativo que una vocación. Si no podemos estar colgados del ordenador y/o del teléfono todo el día, no queda más remedio que adoptar la posición del inversor y no la del especulador. Y aún así hay que echarle un ojito de cuando en cuando a nuestros valores en particular y a los mercados en general. Conste que me refiero al largoplacista consciente, no al atrapado en tal o cual valor y que no vende, que éste es otro personaje y ya le hemos dedicado literatura suficiente.
El problema, a mi modo de ver, es que a veces no concuerdan los valores que tenemos en cartera con el perfil de nuestra operativa. Por poner un ejemplo, quien tenga Jazztel o Telepizza, dos títulos muy citados hoy, es inútil (es impropio, al menos) que sea largoplacista, porque sus cotizaciones se mueven casi con violencia y demandan atención permanente. Un largoplacista (un inversor) tendrá en cartera valores como Acesa, Altadis o Red Eléctrica, por no citar los míos de siempre, que tienen comportamientos más serenos.
Comento este asunto a propósito de la defensa demasiado vehemente que, a veces, hacemos unos y otros de nuestra personal actitud ante la bolsa. Nadie es más listo ni más tonto; cada uno hace lo que puede, sencillamente. Lo que sirve para unos quizá no sirva para otros, pero no tanto por razones de capacidad (entiéndanse conocimiento e inteligencia) como por la antedicha disponibilidad para vivir intensamente eso que llamamos tiempo real.
|